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martes, 30 de junio de 2009

Las cinco transdisciplinas ( I )

Siguiendo con la famosa lista de 27 preguntas que darán mucho juego, me planteo, en esta entrada, abordar la séptima de ellas (como ya hizo Julen, en un reciente y magnífico post).

El enunciado de esa pregunta es el siguiente: ¿Qué otro tipo de creencias, supuestos mentales, enfoques, conceptos… pueden facilitar una transición hacia otras maneras de hacer empresa?

En esta ocasión, parto de las cinco disciplinas de Peter Senge (casi tan afamadas como nuestra célebre lista).

Parto de esas cinco disciplinas, con el ánimo de buscar vías de evolución, de desarrollo, de trascendencia…

Mi intención no es, en absoluto, sustituir los planteamientos de Senge por otros nuevos o alternativos.

Muy al contrario, mi idea es reconocer la inmensa potencialidad de las aportaciones de Peter (en mi opinión, altamente infravaloradas, infracomprendidas e infrautilizadas en el mundo organizacional), y partiendo de ellas, y del enorme impacto positivo que su implementación supone, reflexionar acerca de nuevas vías evolutivas que las complementen y continúen.

Para el planteamiento que me propongo, primero enunciaré cada una de esas disciplinas, y sintetizaré, muy brevemente, los postulados de Senge. A continuación, expondré mis reflexiones en torno a posibles caminos de crecimiento, de evolución y de desarrollo, que pudieran dar continuidad y complementariedad a cada una de ellas.

Bueno, pues vamos con ello...

Del dominio personal al dominio transpersonal

Dice Senge…

La gente con alto nivel de dominio personal es capaz de alcanzar coherentemente los resultados que más le importan: aborda la vida como un artista abordaría una obra de arte. Lo consigue consagrándose a un aprendizaje incesante.

El dominio personal es la disciplina que permite aclarar y ahondar continuamente nuestra visión personal, concentrar las energías, desarrollar paciencia y ver la realidad objetivamente. En cuanto tal, es una piedra angular de la organización inteligente, su cimiento espiritual. El afán y la capacidad de aprender de una organización no pueden ser mayores que las de sus miembros. Las raíces de esta disciplina se nutren de tradiciones espirituales de Oriente y Occidente, así como de tradiciones seculares.

La disciplina del dominio personal comienza por aclarar las cosas que de veras nos interesan, para poner nuestra vida al servicio de nuestras mayores aspiraciones. Aquí interesan ante todo las conexiones entre aprendizaje personal y aprendizaje organizacional, los compromisos recíprocos entre individuo y organización, el espíritu especial de una empresa constituida por gentes capaces de aprender.


El dominio transpersonal va más allá. Trasciende a la persona. Apunta y direcciona hacia el Ser esencial. Hacia la autenticidad. Hacia la integridad entre lo que se piensa, se siente, se dice y se hace. El dominio transpersonal reconoce la personalidad como un mecanismo defensivo, como un constructo adaptativo que, inicialmente, nos permite sobrevivir psicológicamente, pero que, con el tiempo, nos encarcela y nos esclaviza, nos aprisiona en compulsiones inconscientes e incontrolables de repetición.

El dominio transpersonal integra, desde la búsqueda de lo esencial, al personaje, a la persona y al ser humano. Potencia nuestros tres cerebros (el cognitivo, el emocional y el instintivo), y desarrolla y equilibra nuestros tres amores (Eros, Ágape y Philia).

El dominio transpersonal implica que el líder se forje, que desarrolle un autoconocimiento profundo, que busque su autotransformación, que confronte su neurosis, sus ideas locas, sus fijaciones, sus introyectos, sus formas de motivación deficitarias…

El líder con dominio transpersonal acepta transitar el dolor y reivindica el quiebre como camino de sanación.

El líder con dominio transpersonal es un líder humanizado que contagia y contamina humanidad desde la presencia, desde la cercanía y desde la sabiduría del principiante.

El líder con dominio transpersonal, partiendo de su autotransformación, invita a la transformación de las demás personas, a la transformación organizacional y a la transformación social.

El líder con dominio transpersonal es consciente de que, sin la autoliberación de los introyectos y los secuestros personales, ninguna otra transformación, en ningún otro nivel del sistema, es posible, auténtica y sostenible.

El líder con dominio transpersonal, desde su autotransformación, es consciente de que, para sanar la organización, necesita que la psicoterapia (esa psicoterapia para sanos, existencial, esencial, espiritual, transpersonal y transformacional, tan ignorada por un management pretendidamente moderno, aliado con las oscuras y manipulativas pretensiones del nuevo espíritu neocapitalista) entre de forma decidida, profunda y sustancial en las organizaciones.

Y aquí me paro.

Lo que en principio pretendía ser un post, se está convirtiendo en casi un capítulo de un libro.

Os emplazo, pues, a próximas entradas, en las que iremos desgranando el tránsito de las otras cuatro transdisciplinas.

Continuará…

La imagen pertenece a una obra de Vassily Kandinsky.

Os dejo con un video de Claudio Naranjo en el que se hace referencia a algunas de las ideas basales apuntadas en la entrada.

lunes, 19 de enero de 2009

Respuestas a la crisis del capitalismo


Ando estos días dándole vueltas al libro “El nuevo espíritu del capitalismo” de Boltansky y Chiapello. Tengo toda la impresión de que, muy especialmente, los que nos dedicamos al desarrollo de las personas en las organizaciones, estamos siendo utilizados para que el “neomanagement” capitalista pueda desvanecer toda crítica cultural, mientras alardea de que diseña e implementa políticas y actuaciones de “metamanagement”.

Siento que, más allá del trabajo que realizamos con cada uno de los grupos o con cada una de las personas, tenemos que coger perspectiva y tomar conciencia de la inautenticidad profunda de algunos de los planteamientos y de los discursos que, acerca del autoconocimiento, el desarrollo y la transformación de los seres humanos, diseñan y difunden los centros de propaganda de muchas organizaciones.

Cuando, como ahora, vienen mal dadas, esos “miembros de nuestro distinguido y apreciado capital humano", que hace cuatro días estaban tocando el tambor en equipo, "para experimentar una extasiante sensación de integridad y de cohesión grupal"; están, ahora, todos en sus casa, despedidos, porque, en realidad, por más que se alardeara desde los centros de propaganda, en vez de humanos, no eran más que recursos (como las máquinas y los procedimientos). Recursos en los que el capital ya nos está nada interesado dada su actual inutilidad para seguir multiplicando el dinero invertido.

Estaba yo en esas reflexiones, en las que apenas acabo de entrar, cuando así, de golpe, por algún tipo de sincronicidad junguiana, aparece ante mis ojos, en la edición del País del 15 de enero de 2009, un artículo en el que Joan Subirats, basándose justo en el libro que yo utilizaba como referencia, viene a resumir y a dar luz, magistralmente, a una buena parte de las sinuosas elucubraciones en las que me hallaba inmerso. ¡Mi reconocimiento y mi gratitud para las benditas sincronicidades junguianas!

Os adjunto una copia de ese artículo y os emplazo para próximas entradas en las que intentaré ir aclarando y significando mis reflexiones. Gracias Joan. Continuará…

Hace unos años, Luc Boltansky y Eve Chiapello publicaron en Francia un ambicioso libro, titulado El nuevo espíritu del capitalismo (Ediciones Akal), en el que, tras los pasos de Max Weber y su lectura del protestantismo, querían poner de relieve la capacidad del capitalismo de utilizar las críticas culturales e ideológicas a sus lógicas de funcionamiento, para refundarse continuamente. Tras la estela de Weber, quién con su célebre conexión entre protestantismo y capitalismo ayudó a entender mejor los mecanismos individuales de acumulación e innovación, los dos autores franceses conectan la revitalización del sistema capitalista de los últimos decenios, con su capacidad para asumir el mensaje romántico y de exaltación de la autonomía individual que surge de la crisis de legitimidad que impacta en el viejo capitalismo fordista a finales de los sesenta. De esta manera, entienden que los problemas con que se enfrentan muchos de los críticos del capitalismo contemporáneo, no derivan de la falta de consecuencias negativas del funcionamiento de un sistema que sigue condenando a sectores muy significativos de la población a la exclusión y al desamparo, sino de seguir basando esas críticas en argumentos obsoletos, defensivos y poco capaces de recoger las nuevas coordenadas de la explotación y la alienación capitalista. Interpretan la crisis del 68 como una crítica básicamente cultural y artística a un sistema económico de matriz homogeneizadora y rutinaria, que ahogaba la creatividad y la innovación. El nuevo espíritu capitalista parte de la superación de la lógica jerárquica, taylorista y tecnocrática, para fundarse en formas aparentemente más autónomas, relacionales y flexibles, que buscan aprovechar a fondo la creatividad de los asalariados, a costa de cuestionar su estabilidad y su seguridad, tanto material como psicológica.

Ese capitalismo recauchutado insufló nuevas maneras de encarar la producción, y a caballo de la revolución tecnológica, abrió las puertas a una forma de entender la empresa, más horizontal, premiando la colaboración de los empleados en la mejora de los procesos, con un funcionamiento basado en proyectos, de tal manera que se fortaleció la idea de la discontinuidad y la temporalidad como sinónimo de creatividad y flexibilidad. Un capitalismo convivencial, aparentemente participativo, que invitaba e invita a compartir, a trabajar en red, a saltarse rigideces y jerarquías. De tal manera que consigue adhesiones y deja obsoletas las críticas basadas en los viejos esquemas industrialistas que hablaban de sumisión y explotación sin participación. Camuflado en todo ese envoltorio de creatividad, viaja la precarización galopante del empleo, la constante desaparición de los empleos considerados excesivamente estables (por tanto poco creativos), la reducción de la protección de los trabajadores, el aumento de la intensidad y la duración de las jornadas de trabajo (con amplias facilidades para trabajar en red, a distancia o en cualquier estación o aeropuerto, siempre conectados). Cualquier crítica a esas nuevas maneras de operar puede caer fácilmente en argumentos que parecen reclamar una vuelta atrás, a tiempos más seguros, pero, al mismo tiempo, más oscuros, grises y alienantes.

Lo cierto es que, en los momentos actuales de confusión, esa renovación fundamentada aparentemente en la creatividad y la autonomía individual encuentra sus límites concretos en las personas que ven chocar su reforzada personalidad con estructuras productivas que llaman ahora a sacrificios y restricciones en aras de la supervivencia de las estructuras del sistema. Y es ahora cuando los envoltorios muestran su fragilidad y su inautenticidad, cuando la precariedad-flexibilidad deviene simplemente en paro, o cuando la autonomía individual, la movilidad y la conectividad total como sinónimo de modernidad sigue siendo sólo posible y rentable para algunos, mientras la cotidianidad se vuelve más difícil para la mayoría. En vez de cumplir la promesa de liberar todas las potencialidades creativas de cada individuo, lo que encontramos son las fronteras restrictivas e instrumentalizadoras de la racionalidad mercantil y consumista. Frente a la promesa (a lo Thatcher) de convertirnos todos en accionistas del gran negocio financiero universal, nos encontramos al final con meras amoralidades especulativas de las que se aprovechan unos pocos con los ahorros de otros muchos. Pero de nada sirven esas constataciones, si no se es capaz de buscar y profundizar en nuevas críticas que no sólo denuncien la engañosa transformación, sino que busquen enfrentarse a las raíces injustas y opresoras del sistema. Y sin duda, para ello, es muy importante fundamentar adecuadamente la crítica cultural y social al capitalismo realmente existente en estos inicios del siglo XXI, tanto a escala local como a escala global. Crítica cultural, ya que es sustancialmente cierto que la base de producción de valor es crecientemente cultural, y también que el capitalismo contemporáneo es una forma de vida, un conjunto de prácticas y de instituciones que no pueden ser separadas de sus fundamentos estructurales. Y crítica social, ya que sigue siendo también cierto a escala global y local, que afloran y se consolidan viejas y nuevas formas de explotación y desigualdad. Ésa es la labor que entiendo puede ejercer de nuevo el Foro Social Mundial, que en pocos días volverá a reunirse en Brasil, y que tiene ahora la oportunidad de ir cristalizando la labor movilizadora y sensibilizadora de estos últimos años. Quizá el foco no deba ser la estricta crítica al capitalismo como fundamento de la acción alternativa, sino la capacidad de implicar intelectual y emotivamente a un conjunto de personas y grupos para construir conjuntamente una sociedad más habitable y justa, con nuevas estructuras comunes, compartidas, radicalmente democráticas.


Documentos asociados contenidos en el blog:

Boltanski-Chiapello y la gran transformación [Alberto Riesco]
Crítica de libros de socioeconomía y management [Autores Varios]
El nuevo espíritu del capitalismo, introducción general [Luc Boltansky y Eve Chiapello]


Como de costumbre, os adjunto un video relacionado con el contenido de lo enunciado en el post.


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